30 de Junio de 2009

Fredo Viola: The Turn. Because.

Desde hace unos meses circula por internet un peculiar disco que está llamado, salvo que erremos mucho el tiro, a ser una de las mayores epifanías del año a pesar de haberse editado en Estados Unidos en 2008. Se trata de The turn, de Fredo Viola, un londinense que en rigor es más un artista audiovisual que un músico, y que pone su maravillosa voz acariciante al servicio de un pop de escuela de arte de Nueva York -ciudad en la que de hecho reside desde hace años- aunque al mismo tiempo, y sin perder su vocación experimental, renunciando al frío artificio.

Las dos canciones que abren The turn recuerdan en cierto modo a un álbum delicioso e hipnótico de Peter Broderick. Lo hacen por la honda conmoción que causan en el oyente, por su intensa espiritualidad, por la belleza de sus voces, por la condición delicadísima, casi evanescente, de unas composiciones que podrían crear una burbuja de paz y recogimiento aun cuando el mundo estuviera acabándose con estrépito. Aquí acaban sin embargo las similitudes, en cierto modo epidérmicas, pero valga en todo caso la comparación traída por los pelos para recomendar también ese desarmante álbum de folk cristalino de Broderick, titulado Home.

Esas dos canciones de Viola, “The turn (A pagan lament)” y “The sad song”, están construidas a partir de un juego de planos y capas de voces que se superponen y se despliegan sutilmente en un armazón casi imperceptible, circular y de ecos armónicos, cuyo fruto es una especie de sonido pastoral e inacabado, acompañado escuetamente por arreglos electrónicos. Son dos piezas memorables, que no sólo calan en el estado de ánimo, de repente levitante -o por lo menos reconfortado-, sino que además constituyen una especie de trampa: prueben a escapar de sus lazos invisibles.

Los temas restantes, aparte de otros tres cortes casi exclusivamente vocales, están dotados de una mayor corporeidad, y aunque cede más espacio a la instrumentación (batería, guitarra, contrabajo, beats digitales, flauta, teclado, trompeta, trombón) la garganta de Viola sigue siendo el elemento fundamental de una música que asombra por la naturalidad con la que integra referencias cultas y aparentemente alejadas entre sí: la polifonía del madrigal renacentista y barroco; la psicodelia, pero no una psicodelia de ácido, sino tenue, como bañada por la luz del mediodía; un aire sacro y al mismo tiempo de cuento feérico; y un discurso radicalmente contemporáneo.

El aspecto visual, cabe añadir, es esencial. The turn se vende junto a un DVD que lejos de ser el típico complemento promocional casi sin interés, se funde con las canciones complementando un trabajo que es un festín para los sentidos: Viola graba caminatas por el campo o por la ciudad y sincroniza las imágenes minuciosamente, o registra por separado distintas tomas de una misma canción y luego las integra en un mismo plano dividido en tantas partes como planos de voces haya en esa pieza. Una delicia hechizante, en fin, de la que pueden verse algunas muestras, varias performances-improvisaciones impresionantes o actuaciones de la banda con sus miembros repartidos en Manchester, Woodstock y Lyon en un apartado especial de la web del músico, o del artista, qué más da cómo lo llamemos: www.theturn.tv.

Paco Camero

Fleet Foxes (vía La Blogotheque)

26 de Junio de 2009


¿A dónde vas, Pony Bravo? ¿A dónde me llevas?

21 de Junio de 2009

El ciclo Pop-Rock en el Central acogía este fin de semana un plantel de grupos que hacía pensar en el año pasado y la apuesta de sus programadores por la música folk estadounidense: ¿recuerdan a Two Gallants, Vetiver, Akron/Family o Vic Chesnutt? Pues este año, que tristemente ha visto –ay, la crisis– cómo los tres días del ciclo quedaban reducidos a dos, también han ido por ahí los tiros, con una particularidad: entre los grupos de americana y los songwriters brilló con luz propia –y no es sólo un decir– la propuesta de un grupo nacional, PONY BRAVO.

Viernes 19

Damien Jurado abría el ciclo con un concierto adusto que algunos rechazaron por monótono y otros aplaudieron por su sobriedad. Una voz, una guitarra y un puñado de rupturas, relaciones imposibles, canciones tristes con las que Jurado bromeaba: “Haré todo lo posible esta noche por no acabar llorando”. Canciones sencillas que pueden calar hondo o conducirte directamente al bar. Nos imaginamos a un jovencito Damien rayando el primer disco de su incipiente discoteca: algo de Nick Drake, supongo.

Después, tras redoble de tambores, Lambchop en escena (y ésta al nivel del público). Ya se sabe, Lambchop es un grupo de culto y tiene muchos adeptos, pero también hubo quien salió algo desencantado del concierto (reconozco que a mí también me sobraba el piano en ocasiones y hubiera preferido la steel guitar, por ejemplo) y quienes, en su primer acercamiento al grupo de Nashville, no llegaron a conectar con su propuesta. Nosotros disfrutamos de lo lindo, pero creo que puedo entender las reticencias (si es que puede uno y debe explicar las reticencias de los otros: ojo, lo hacemos porque fueron también las nuestras cuando nos acercamos por vez primera al grupo de Wagner): Lambchop está ensayando esa suerte de acercamiento del soul, el country, el gospel y el pop que caracterizó al Dylan post Desire, renacido por enésima vez en los años 80, y que a mi parecer nadie ha llevado a tan altas cotas artísticas como Ry Cooder. Y ese híbrido es difícil de conducir y también de digerir. Como para confirmar lo que estábamos pensando (y de paso inflar el ego del cronista, que en esas circunstancias y en la oscuridad de la sala parece un sapo ufano junto a su charca, y a veces croa su comentario a la ranita de al lado, para incordio de los presentes), Lambchop redondea poco antes de marcharse su espléndida versión de “I Threw It All Away”, de aquel discazo dylaniano, Nashville Skyline.

Sábado 20

Martha Wainwright bordó un hermoso concierto el sábado, con rubias fans compatriotas en primera fila incluidas (y que estaban al quite, llegando incluso a hacer las veces de apuntadoras de su admirada Martha), propiciando la proximidad (”¿alguien del público tiene una púa?”, pregunta la Wainwright a un auditorio bien receptivo, y con púa), conduciendo con naturalidad un repertorio que incluía temas de Edith Piaff y de su último álbum hasta la fecha, I Know You’re Married but I Got Feelings Too (2008). Dicha espontaneidad nos trajo lo mejor de la canadiense –¡esa voz!–, pero también lastró en algún momento la actuación (vamos, que quizá sobrara la presencia del productor Brad Albetta, muy simpático en plan Bill Murray, pero algo histriónico y no muy sobrado al piano que digamos). Con todo, Martha W. (que por casualidad comparte siglas con M. Ward, gran ausente en esta cita) ofreció un delicado y emocionante concierto en el que sobresalieron temas como “Bleeding All Over You”, la “Tower Song” de Cohen, o esa “Comin’ Tonight” en la que Wainwright remata las estrofas a la manera de Neil Diamond:

Lo que vino luego sobrepasó los límites estrechos de un teatro para colarse cual plaga de termitas –éstas no silenciosas, sino punkis– en los cimientos de la cultura instituida, en nuestras conciencias: con Pony Bravo –y como reza la canción homónima– la música se escapó de la rueda, huyó de lo establecido, echó a correr por la ribera…

Se levanta el telón y ¿qué es eso que parpadea entre los instrumentos en penumbra? ¡Hola, soy Curro, la mascota de la Expo’92! Una de esas atracciones para niños que funcionan con una moneda y que menudeaban en tiempos (pre-playstation) por baretos y ventas, ¿recuerdan?, con un Curro entre guasón y maléfico, pero siempre inquietante, en la proa… Así sale a escena Pony Bravo y accede con una media sonrisa a esa especie de podio musical sevillano que es el Central. Pero eso es sólo el principio, el guiño, una puesta en escena arriesgada y graciosa coherente con la carga conceptual que de nuevo sabrán administrar con éxito en esta actuación Dani Alonso, Pablo Peña, Darío del Moral y Javier Rivera. En aproximadamente una hora (habríamos deseado más, pero tenían un horario marcado que tristemente les dejaba poco tiempo), Pony Bravo desgranó un repertorio bien escogido con temas de su primer elepé, Si Bajo De Espalda No Me Da Miedo (Y Otras Historias), y algunas sorpresas: “Banco”, “La Voz del Hacha” y “La rave de Dios”, temas que destaparon por primera vez esa noche, o “El Campo Fui Yo”, que algunos habíamos tenido la suerte de escuchar con anterioridad. Un repertorio tal que así:

El resultado parecía por momentos una perfecta conjunción de las dos vertientes que han adoptado los sevillanos y que llevan por nombre PONY BRAVO y FIERA. Lo cual resulta tan inevitable como gratificante: hay mucho que decir y los caminos emprendidos coincidirán a veces en un fructífero diálogo. Hay quienes (como el amigo Blas Fernández) sostienen que el eclecticismo de Pony delata en cierto modo su inmadurez e incluso que estorba e impide que se resuelva y decante su estilo, o mejor dicho, que Pony Bravo ha entrado en una cierta deriva que anula en parte lo que Si Bajo de Espalda prometía. ¿Pero no será ése precisamente su estilo, su vocación? Ya en el álbum se advertían esos rasgos que hacen de Pony Bravo lo que es y que ahora se desenvuelven plenamente en directo: la autoexigencia, que en un proyecto como el suyo se tranduce en versatilidad, asunción de riesgos, inconformismo; esa incursión –irónica o no– en registros variopintos que en el terreno de la tradición local y patria adopta aires de razia desenfadada; una irreprochable relectura del cliché, del pintoresquismo y lo kitsch, que sólo una base conceptual como la suya puede salvar de la nadería postmoderna; una inquebrantable voluntad de ramificación y dispersión, que depara resultados imprevistos pero bien atados a un poderoso centro creativo; una originalidad que se cifra en lo imprevisible, en la conciliación humorística de extremos, y que rehúye los artefactos hype tan frecuentes en la escena pop… En definitiva, Pony Bravo es una banda en desarrollo, y esto no es sólo una perogrullada, sino acaso una clave, porque el grupo asume la evolución como esencia y se muestra valiente –que no precipitado– en su voluntad de quemar etapas. Es, en ese sentido, una banda démodé y auténtica que ha penetrado, a golpe de machete, en una industria musical que bosteza.

Nada podía ya Don Caballero, grupo que vino a cerrar el ciclo, con su gélido virtuosismo, en su intento por llegar a un público que había sido tocado por el duende, la rabia y la libertad de ese pony desbocado. En el bar, en la sala o caminando ya junto al río de vuelta a casa, muchos reclamaban ya para sus adentros o a grito pelado “¡un gramo de fe!”.

Texto: Alberto Marina Castillo

Cartel: Dani Alonso

Mrs. Koko Taylor, please, keep a movin’ and groovin’!

17 de Junio de 2009

Se han ido ochenta años de vida entregada al blues. Koko Taylor fallecía el pasado tres de junio como consecuencia de una hemorragia gastrointestinal derivada de una operación quirúrgica, la misma que hace un lustro intentó dominarla, pero sólo logró que reactivara sus conciertos y nuestra pasión por ella. ¡Ja, no sabía la enfermedad que Cora Walton, desde que nació en los extrarradios de Mississippi, supo imponerse a todos los contratiempos! Huérfana de un recolector de algodón desde los once años, en sus recientes veintes se trasladó a Chicago con el que sería su marido, Robert Pops Taylor… Allí hizo lo que muchos, trabajar todo el día para poder cantar por las noches y fines de semana; y logró lo que pocas, erigirse como artista en un mundo y género predominantemente de hombres. Fue ganándose la escena: en los cincuenta era la mujer que cantaba blues en Chicago; en los setenta fue pionera en actuar y encontrar trabajo en el North Side, la zona de blancos de la ciudad; casi cuarenta años más tarde, seguía siendo la reina del blues. Grabó para la Chess con el patrocinio del omnipresente Willie Dixon, cantó con los mejores: Muddy Watters, Junior Wells, Howlin’ Wolf, Little Walter, Magic Sam, etc. Sobrevivió a la Chess y fichó a mitad de los setenta por Alligator, de la que fue primera figura.
En 2007 dio un golpe de mando en la escena al presentar el que sería su último disco y casi lo mejor de su discografía, Old School, con una clara declaración de intenciones: podía haber sonado igualmente en los cincuenta, época dorada del Southside de Chicago, e igualmente ser un éxito en la actualidad.
Su último concierto fue el 9 de mayo en su Mississippi natal, en la ceremonia de la Blues Music Awards, donde se había erigido como mejor cantante de blues tradicional (como si le hiciese falta que le dijesen lo que ya todos sabían). En Europa se la disfrutó por última vez hace dos años en Bluescazorla. En la edición de este año, como homenaje, se proyectará en el Teatro de la Merced ese concierto, grabado por TVE. ¡Consíganlo! Podrán ver cómo se desquita, salta y nos incita a todos a movernos y disfrutar con sus pulmones llenos de fuego. Voz, aplomo, reinado, pasión y vida. Fuego.
Espero que por allá abajo, donde te gustaría estar, caldees aún más el fuego. Keep on movin’ and groovin’, Mrs. Taylor!

Texto y Foto: Jesús Martín Camacho

Discos Monterrey presenta a Os Haxixins! Te va a gustar, ya lo verás

15 de Junio de 2009

Fieles a su apuesta por el mejor garage, Discos Monterrey presenta en sevilla a los imprescindibles Os Haxixins:

Rock in River Blues Festival

12 de Junio de 2009

Asoma a intervalos el verano y ya se van acercando los dos mejores festivales de Blues nacionales. Cada uno a final de mes. Bluescazorla en Julio y el cada vez más consolidado Rock and River Blues Festival de Puente Genil del 25 al 27 de Junio. Aprovechamos para hablar de blues, pasión y problemas de financiación con Joaquín Rodríguez, co-organizador del Rock and River, pero también armonicista consumado (véase foto) y amante de la música origen: el blues.

DISCÓBOLO: Un festival de blues de entrada gratuita y en un país donde esta música es minoritaria va ya por su quinta edición, ¿dónde está el milagro?

J. RODRÍGUEZ: Bueno, no podemos hablar de milagros, hay que hablar en primer lugar del apoyo incondicional que hemos tenido por parte del Excmo. Ayuntamiento de Puente Genil y del Instituto Municipal de Servicios Comunitarios durante estos cinco años, de las casas patrocinadoras que apoyan este Festival y del granito de arena que tanto Kike Urdiales como yo aportamos al evento. Todo esto, junto a la enorme cultura musical que existe en nuestro pueblo hace que esta mal llamada “música minoritaria” y el Rock and River Blues Festival se hayan consolidado como una de las citas obligadas dentro del panorama blusero tanto nacional como internacional.

D: Hay un mucho de filantropía y, seguro, un demasiado de trabajo duro. Supongo que todo es más llevadero porque se hace desde la pasión y las ganas de dar a conocer el blues y compartirlo, pero ¿cómo te nació el gusto por esta música? Háblanos del origen de tu pasión por el blues en una Córdoba donde no hay campos de algodón, sino olivares y donde desde los amplificadores no salía un Chicago de guitarras eléctricas sino un Madrid de teclados de la movida y postmovida.

J.R: Bueno, mi afición al blues fue consecuencia de una afición que tenía desde pequeño, que era tocar la armónica; ya sabes, estas armónicas que se vendían en los kioscos de los pueblos y que a la menor presión de los labios ya te la habías cargado. Pero esta afición quedó aletargada durante un tiempo, ya que por mucho que lo intentaba el único resultado eran los labios hinchados y el consabido mareo debido a la hiperventilación de los pulmones. Pero mi primer contacto con la armónica fue allá por 1979 cuando oí por primera vez el disco de la banda de Javier Teixidor Mermelada, donde se oía una armónica con unos riffs que me dejaron alucinado. A partir de este momento sabía que ése era el instrumento que quería tocar. A los 2 años vi la película The Blues Brothers (aunque se podría haber llamado perfectamente The Soul Brothers), donde aparecían bandas de blues americano, como John Lee Hooker, Koko Taylor, tristemente fallecida hace unos días, y Dan Aykroyd tocando la armónica con su Astatic JT-30. A partir de este momento tuve curiosidad por este género musical. Todo lo anteriormente dicho fueron escarceos, ya que pienso que para que el blues sea tu música de cabecera es necesario haber escuchado otros géneros musicales (a mí siempre me ha encantado el pop de los 60 y toda la música mod en general, The Who, The Jam, Small Faces, etc )… en definitiva, evolucionar para llegar a los orígenes.
En cuanto a que en Córdoba no hay campos de algodón, pues no, no los hay, pero hay mucho arte, fruto de la unión de varias culturas durante siglos. Además, es cuna de los mejores cantaores de flamenco, y ya se sabe: un negro es al blues lo que un gitano es al flamenco.

D: Durante años viviste desde dentro el desarrollo y auge del festival de blues con más solera e importancia de España (va por su XV edición), Bluescazorla, hecho que supongo te habrá facilitado el modus operandi para montar el Rock and River Blues Festival.

J.R: Por supuesto. Conocí el Bluescazorla en su VIII edición, como consecuencia de mi estancia en Cazorla por motivos de trabajo. El director del Festival, Carlos Espinosa, supo de mi afición a esta música, por lo que mostré mi interés por colaborar en el festival. Allí pude ver todo lo que no se ve por fuera: riders de los músicos, back-line, sonido, etc. y toda la complicación que esto conlleva, como que todo lo que llevas haciendo durante un año se te vaya al traste porque un músico ha perdido el vuelo que lo traía a España… Todo esto me permitió ver cómo se hace un festival por dentro, lo cual se intentó aprovechar para el Rock and River Blues Festival.

D: Un Festival de conciertos nocturnos gratuitos (o de precio simbólico), de encuentros y jams en bares entre tapas, masterclasses y exposiciones, ¿es algo más que un festival? ¿Qué diferencia y hace especial el Rock and River?

J.R: La idea de montar un festival de blues en mi pueblo fue la de promocionar aún más Puente Genil, es decir, intentar enriquecer nuestro turismo, dando a conocer nuestro pueblo en una parcela que antes no se conocía, como es la del blues. Pero hemos ido viendo que además de la parte estrictamente musical, el Rock and River Blues Festival se ha convertido en un punto de encuentro de muchos aficionados al blues, donde se reúnen personas que vienen de Francia, Barcelona, Madrid, etc. Esto unido al buen tiempo y las diversas actividades que se hacen durante esos días hacen del Rock and River Blues Festival una cita ineludible dentro del panorama musical veraniego.

D: Un festival donde, además, hay una gran camaradería incluso entre los propios artistas, que en época de crisis (juré que no usaría esta palabra en la entrevista) estaban dispuestos a venir casi sin cobrar con tal de que no dejases de regalarnos el festival.

J.R: Efectivamente, este año el recorte en el presupuesto ha sido bestial. Hemos pasado de tener un presupuesto de 50.000 a 10.000 euros. Pero como dice el slogan de este año “no hay quinto malo”, hemos intentado hacer una edición más que digna y que no se note en absoluto diferencia alguna con los anteriores. Por supuesto y volviendo a “lo que no se ve”, evidentemente hemos contado con la ayuda inestimable de todas las bandas que nos visitan este año, que han bajado su caché en un tanto por ciento muy elevado. Desde aquí le damos nuestros más sinceros agradecimientos.

D: ¿Qué nos depara esta V edición?

J.R: El plato fuerte es la visita en exclusiva de Mark Hummel, uno de los mayores exponentes del West Coast Blues y uno de los mejores armonicistas de blues del mundo. Si a esto unimos la Igor Prado Band, que ya nos visitó el año pasado, la mezcla puede ser sorprendente. Igor demostró el año pasado lo que es capaz de hacer con una guitarra, junto a su hermano Yuri a la batería y Rodrigo Mantovani al bajo. Por otro lado, las bandas nacionales como Los Fabulosos Blueshakers, Groovy Blues y Nasty Boogie son ya un referente dentro del blues nacional. Sin olvidarnos evidentemente de nuestros paisanos Boro Boro Blues, que abrirán los conciertos del Anfiteatro “Los Pinos”.

D: Pensará que ha sido un gran trabajo si el día 28 se despierta y lo primero que le viene a la mente es… (¿cuál será tu satisfacción personal? ¿cuál la profesional?)

J.R: Bueno, la satisfacción personal y la profesional irían cogidas de la mano. Pero pensaríamos que ha sido un gran trabajo cuando viéramos que todos los aficionados al blues se lo han pasado bien y que alguien nos dijera que no tenía ni idea de dónde estaba Puente Genil, pero que gracias a este festival vendrá año tras año.

D: No me resisto a hacerte la pregunta manida: ¿cómo ves el blues en España? El año pasado hubo en Bluescazorla una mesa redonda sobre el tema y en ella había tanto músicos, como organizadores de conciertos, apasionados y perfectos conocedores del mundillo. Si tenemos en cuenta que tú eres todo eso, la pregunta se vuelve obligada.

J.R: Bueno, aquí tenemos que ser realistas. El panorama del blues, como el de otras músicas (jazz, flamenco, etc.), está en un sitio que lamentablemente no se merece. Últimamente parece que, gracias a los festivales entre otros medios, van surgiendo cada vez más bandas de blues. Nosotros intentamos aportar nuestro granito de arena para hacer que este tipo de música se consolide cada vez más y que vayan surgiendo más bandas. Aquí, en Puente Genil, ya han surgido bandas de blues como Boro Boro Blues.

D: Decía Randy Chortkoff que, en una época donde veía cerrar locales de blues a diario, lo que daba trabajo a los artistas y vida al género eran los directos y, sobre todo, los festivales, así que lo menos que podemos decirte desde Discóbolo es: muchas gracias por darnos vida y alimentarnos.

J.R: Y lleva toda la razón, el año pasado tuve la oportunidad de conocer a Randy Chortkoff (pertenece a la Delta Groove Music, compañía de discos donde graban las mejores bandas de blues ), y te digo que si él lo dice no le faltará razón. Aquí en España se están cerrando locales donde programaban semanalmente blues. Un local mítico en Andalucía era el Casagrande, regentado por Lucky Tovar, que hace un año tuvo que cerrar, desgraciadamente pata todos los aficionados. Gracias a Discóbolo por habernos hecho un hueco y desde aquí os invitamos a todos al Rock and River Blues Festival.

Jesús Martín Camacho

Koko Taylor in memoriam

You can have it all (o casi). Paseo discobólico por el Primavera Sound

5 de Junio de 2009

La Cosa Discobólica paseó como una más por esa pasarela de espléndidas gafapastas e irremediables barbipipas, poperos y rockeros de toda laya y condición que es el barcelonés Primavera Sound, probablemente el más exigente, variopinto y completo de los festivales de pop del país. Claro que no es oro todo lo que reluce, y más en un ámbito –como el del pop– en el que tan pronto ascendemos eufóricos en espiral sobre stratocasters de colorines, como nos abismamos en un ejercicio de esnobismo hacia la pura pantomima, para acabar chapoteando en una ciénaga de clichés. Ea. Esta crónica es, en definitiva, sólo un paseo más entre los muchos posibles, una crónica personal de cuanto disfrutamos y así mismo de lo que, irremediablemente, nos perdimos: como cantan los YO LA TENGO, “You can have it all” (o casi), en el Primavera Sound. Tal es la cantidad y calidad de los grupos que se suceden y a veces se solapan en los varios escenarios del Parc del Fórum.

Empecemos por el final: la venerable Gibson de NEIL YOUNG yace sobre el escenario. Tito Neil le ha arrancado las cuerdas después de su versión de “A day in the life”, como si tratase de domarla, en vano, a esa guitarra que es un potro salvaje, un pony bravo, un caballo loco.

Young, que se hacía acompañar por habituales como Rick Rosas o Ben Keith, sirvió un repertorio de himnos generacionales que fueron coreados por la afición, contrastando hábilmente las piezas acústicas con la fiereza eléctrica que es marca de la casa: “Down by the river”, “Hey hey, my my (Into the black)”, “Cinnamon Girl”, “Cortez the Killer”, “Everybody knows this is nowhere”, “The needle and the damage done”, “Heart of gold”, “Old man”… y una breve incursión en su nuevo disco, Fork in the road (que puede escucharse en Spotify), con “Get behind the wheel”.

Revisitación de viejas canciones, pero nunca revival. Neil Young no ha de regresar estrepitosamente a la actualidad, ni ha de mudar de piel (véase al Jagger retratado por Scorsese en Shine a Light) como otros dinosaurios del rock mal envejecidos ni echar mano al tan socorrido revival. Todo en el festival parecía encaminado a ese momento culminante, desde la primera jornada y la gloriosa actuación de Yo La Tengo –cuyos integrantes permanecieron en Barcelona para poder coincidir con el de Toronto– hasta el concierto inmediatamente anterior al de Young, el de los HERMAN DUNE, que renunciaban al bis con estas palabras: “¡Tíos, pero si va a empezar el concierto de Young!”. Todos parecían cobijarse a la sombra del maestro. Y es que pocos músicos han sabido traspasar como él barreras generacionales: siendo parte esencial del espíritu de Woodstock y de aquella generación que tomaría conciencia de sí frente a la guerra de Vietnam, el fecundo Young ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, o mejor, sobrevivir, crear y revolverse contra las injusticias como buen inadaptado (aunando la maestría del rockero sexagenario con rebeldía y pasión juveniles, nunca resultó patético, sin embargo, pues sabiamente ha asumido y aprovechado la mayor de las injusticias: el paso inexorable del tiempo). Si los Who prefiguraron en buena medida lo que conocemos como punk, no otro fue el caso de Young, que supo cantar como nadie la resaca post-hippie y que apadrinaría –por aclamación popular– una década más tarde el movimiento grunge.

Pero el festival conquistó otras cimas antes del sábado. En nuestro paseo nos encontramos con YO LA TENGO y sus irresistibles dosis de melodía y distorsión (que la banda de Hoboken maneja y ofrece a un público humano, no como ese público incauto que ha de taponarse los oídos para resistir a MY BLOODY VALENTINE…). Su concierto estuvo tocado por la varita mágica de la Stax, de la Tamla Motown, de los Beach Boys y la Velvet y de todos los garajes rockeros del mundo. Como en el caso de Young, también realizaron un repaso a temazos imperecederos: además del hit que da título a esta crónica, “Stockholm Syndrome”, “Tom Courtenay”, “Mr. Tough”…  Es una banda en estado de gracia. Graciosa en toda la amplitud del adjetivo, y si no miren qué versión de “You can have it all” (no es, no, la del festival, pero háganse una idea):

Hubo actuaciones convulsas, turbulentas, crispadas, intensas, como las de MARNIE STERN, MAGIK MARKERS, JAY REATARD (sí, como dice el amigo Foka, detrás de cada una de sus espantadas punkies y trash late un temazo pop), o esa cumbre que fue SHELLAC… y en todas ellas pudimos saborear la contundencia, lo que no nos fue posible –repetimos– en el concierto-sacrificio ofrecido por MY BLOODY VALENTINE. No es broma: junto con la entrada, el festival ofrecía a cada visitante un par de tapones para los oídos. Esos tapones estaban destinados a soportar (literalmente) el volumen de la banda liderada por Kevin Shields. Vi alguna que otra pobre oreja sin taponar, ay, como arrojándose a la pira del shoegazing. Hubo quien, por otro lado, se largó del concierto. Entre esos que no querían renunciar a su capacidad auditiva para siempre estábamos nosotros, que fuimos a disfrutar de la extraordinaria banda de PHI-LAD-ELP-HIA…

Sí, damas y caballeros, se trata de THE EXTRAORDINAIRES y su pez-guitarra. Magnífica banda que manufactura sus propios discos (no se pierdan, por favor, su Short Stories). Sus reminiscencias sesenteras pesan menos que en otras propuestas, como las de WOODEN SHJIPS o SLEEPY SUN, muy buenos grupos, sí, pero quizá algo lastrados por sus influencias. Los Extraordinarios, por su parte, parecen decididos a no abandonar su universo propio, del que se destila un folk tierno pero nunca cursi, irónico, vibrante, narrativo y deliciosamente extravagante.

Sólo el concierto de YO LA TENGO habría bastado para justificar el vuelo a Barcelona. Pero fueron más, muchas más las oportunidades de escuchar música grande a lo largo de los tres días que duró el festival. En esta edición ha habido de todo, para todos los gustos, y se han vivido momentos inolvidables. Pocos han sido los fiascos. Y encima la última jornada, la del sábado, parecía armada sobre el solo criterio de la excelencia, como si se tuviera la intención –pero a lo mejor esto es ya una lectura personal, un deseo– de combatir cierta impostura popera a base de autenticidad. Y la autenticidad tiene nombre y apellidos. Por poner sólo tres ejemplos dentro de la estupenda programación:

NEIL YOUNG, por supuesto:

HERMAN DUNE (autor de uno de los más hermosos álbumes del año pasado, Next Year In Zion):

Y la revelación: KITTY, DAISY & LEWIS, la banda de los talentosos y garbosos hermanos Durham. Con ellos les dejo (y estén atentos a las próximas noticias discobólicas, pues se acerca una gran party):

Alberto Marina Castillo

Fotos: Dani Canto y Cristina del Barco

Emilio, el Moro

2 de Junio de 2009

Mientras ultimamos nuestra crónica sobre el Primavera Sound (porque la Cosa Discobólica estuvo allí, sí, y ahora ha vuelto para contarlo), les ofrecemos un vídeo del insigne y polifacético Emilio El Moro, para solaz y refresco de la afición discobólica. Gocen de su verso, de su toque, y ríanse, que es gratis.

La Cosa D.

Tony Allen: y el mundo late al ritmo de África

27 de Mayo de 2009

Tony Oladipo Allen (Lagos, Nigeria, 1940), buque insignia del afrobeat, ese embriagador cóctel de soul, jazz, groove, psicodelia y ritmos africanos que hoy vuelve a estar de moda gracias a su influencia reconocida y reconocible sobre grupos punteros como Vampire Weekend, Pony Bravo o Animal Collective, presenta Secret Agent, su nuevo disco, que produce él mismo y que publicará a comienzos de junio World Circuit. Con arreglos de templada simplicidad cuando no de majestuoso funky, una sección de vientos de aliento clásico que nos hace retroceder hasta aquel hardbop de Blue Note que tanto influyera en el muchacho nigeriano, y un coro femenino que lleva la voz cantante, Secret Agent supone todo un alarde de contención, así como una declaración de intenciones afrobeat (cargada, pues, de ritmo, política y celebración) y hasta si me apuran un autorretrato de este batería de pulso único que fuera brazo derecho del mítico Fela Kuti en los años cruciales de Africa 70. Allen, que nos concedió esta entrevista tras su paso por Territorios África, agachaba la mirada cuando nos referíamos a su aura de leyenda, nos ofreció unas pastitas y algunos recuerdos…

Discóbolo: Usted es toda una institución, pero su nuevo disco, Secret Agent (World Circuit), rebosa frescura, parece que no hayan pasado cuarenta años desde que cuajara el afrobeat.

Tony Allen: Bueno, verá, lo que intento es hacer algo propio y nuevo cada vez, cada noche de concierto, aportar algo que no aburra a mi público, imprevisible, y no dejo de aprender con ello.

D: Es una idea muy jazzística.

TA: Claro, siempre tengo en mente un concierto de jazz cuando toco. De hecho, mis comienzos con Fela, en los años 60, fueron en el jazz. Ésa es mi escuela. Pero después tuve que buscar mi propia voz. Buscaba algo nuevo y Fela también, él buscaba un batería diferente para su música.

D: ¿Echa de menos algo de aquellos años?

TA: No, me preocupa el presente y el porvenir. No podría componer ni tocar si viviera instalado en el pasado.

D: ¿Cuál era su grado de colaboración con Kuti?

TA: Fela y yo coincidimos desde el primer día. Teníamos las mismas inquietudes y nos entendíamos a la perfección. Aquello ensanchó mis horizontes, porque la música de Fela era un continuo reto.

D: Sus letras rezuman compromiso político, en la tradición del afrobeat.

TA: A veces, no siempre. Lo que me interesa es la gente, no esta raza o aquella, sino la gente, y musicalmente me preocupa llegar al público. En lo que se refiere a la política, soy optimista, pienso que las cosas irán a mejor en el futuro, que la democracia llegará y se afianzará sustituyendo a las dictaduras militares.

D: ¿Se siente cómodo con la etiqueta afrobeat?

TA: Sí, por qué no… Queríamos hacer algo personal, y el afrobeat es una fusión de muchas tradiciones diferentes, un estilo complejo que me permite expresarme sin preocuparme de si lo que toco es jazz o rock o lo que sea.

D: ¿Y qué nos dice de The Good, The Bad and The Queen [el grupo que formó junto a Paul Simonon, Damon Albarn y Simon Tong]?

TA: Aquello se acabó.

D: ¿De dónde saca esa energía?

TA: No lo sé, supongo que de Dios, el Dios al que rezo…

D: ¿Y a qué dios le reza?

TA: Al que no se ve, pero está en todas partes.

Allen no parece lastrado por la fama: no hay en él sombra de presunción, y cuando asoma en el curso de la conversación cierto orgullo por el trabajo bien hecho, casi siempre acude a sus labios el nombre de su compadre Fela Kuti, fallecido en 1997. Sin embargo, Allen renuncia a la nostalgia como su batería rehúye el efectismo y la pirueta. Su nuevo disco es una buena muestra de su forma de ser y de tocar: sobriedad y sencillez delatan al maestro.

Alberto Marina Castillo

(dedicated to Jorge Mingus)

Lolo’s back in town

24 de Mayo de 2009

Queridos lectores: soy viejo. Me di cuenta cuando comencé a hablarles a algunos miembros de esta redacción del guitarrista del que hoy quiero tratar. No lo conocían. ¿Cómo no? ¡Lolo Ortega! Tras no mucho pensar me di cuenta de que mis recuerdos se remontaban a los últimos ochenta, años en los que la mayor parte de esta redacción jugaba (probablemente mal, pandilla de gafotas) a la pelotita.
Últimos ochenta hirvientes en una Sevilla muy rancia. Eran los años de Silvio, de Pata Negra, de Abdu Salim, de Kiko, de Cita en Sevilla y de un pequeño festival de jazz en el que sin embargo aún sonaban los nombres de Miles Davis, Oscar Peterson, Dizzy Gillespie, Ornette Coleman… Uno entonces iba a la Carbonería, a escuchar a Entresuelos, un grupo en el que un niño de ocho años tocaba una Stratocaster más grande que él. Esto hoy se consideraría explotación infantil. De haber nacido hoy Charlie Cepeda habría salido abogado matrimonialista o algo peor, ¡qué tiempos!
Allí mismo se podía escuchar de vez en cuando a un trío que versionaba temas de Hendrix, pues exactamente como Hendrix, así tocaba el cabrón del guitarrista. En Los Intocables, el guitarrista era Lolo. Muchas cosas se pueden decir de él, pero para acabar pronto diremos que en ese grupo, Raimundo Amador era el bajista. Lolo era además la figura central de la Caledonia Blues Band, por entonces el mejor grupo de blues de la ciudad y único que llegó a conocer un cierto reconocimiento a nivel nacional en un estilo tan poco popular.
Oírle tocar era una gozada y poder disfrutar de ello con frecuencia un privilegio. Sin embargo llegó el día en que ese privilegio se agotó. Se disolvió la Caledonia y la figura de Lolo se esfumó, o tal vez fuera al revés, quién sabe. El caso es que Lolo se perdió, nos tememos que en más de un sentido y su guitarra dejó de sonar por mucho tiempo. Creímos de hecho que para siempre, tanto fue el tiempo que duró este paréntesis. Sin embargo, de pronto, cuando menos lo esperábamos va el tipo y resurge. ¡Y vaya si resurge! El sonido de su antigua Stratocaster es ahora más cálido que nunca, su técnica permanece intacta y su imaginación parece inagotable. Sus dedos vuelan por el mástil y a uno no le da tiempo a averiguar de dónde coño saca todo eso. Cada vez que toca le da un repasito a la historia completa del Rhythm&Blues.
Lo dicho, ruge de nuevo la guitarra de Lolo y los leones de la sabana parecen recién salidos del armario.

NOTAS:
Recomendado sólo para aficionados extremos a la guitarra. Densidad guitarrística elevadísima.
Disponible de momento sólo en directo, es esta la vía de administración que, sin duda, recomendamos.
Circunstancia óptima si en el cartel aparece un cantante. Lolo no canta tan bien como toca.

Jorge Minguet