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Si te enteras del alemán, bien. Si no, qué más da: el trayecto del aeropuerto al hotel habla por sí solo… Y luego la música. Ah, es la Big Band de Kenny Clarke y Francy Boland. ¿Qué más se puede pedir?
La Fundación Barenboim-Said acogió en su sede el taller o workshop impartido por el guitarrista Bill Frisell, que esta noche (miércoles 4 de noviembre, 21 horas, 14 euros) ofrece un concierto en el Teatro Central de Sevilla con su banda 858 Quartet, nacida en su día para “musicar” unas pinturas de Gerhard Richter y emancipada más tarde de aquel primer objetivo, por la sencilla y determinante razón de que Frisell y sus amigos disfrutaban de lo lindo tocando juntos. En una de las aulas de la fundación, nos recibía a Dan Kaplan (líder del grupo Krooked Tree) y a quien firma estas líneas. Al concluir el workshop, vimos salir a los participantes, entusiasmados, y entre ellos al guitarrista Matías Comino (O Sister!), que nos decía: “Es increíble, como si tocara el piano con la guitarra”. Esa afirmación da idea de la complejidad armónica del de Colorado, así como de su sonoridad. El crítico Joachim Berendt aseguraba que los años de clarinete –instrumento con el que Frisell diera sus primeros pasos– habían marcado su estilo, su peculiar sonido. Le preguntamos a Frisell si está de acuerdo. “Sí, claro. Empecé a estudiar seriamente con ese instrumento y, aunque hace tiempo que no lo toco, creo que influyó en la digitación y en mi forma de entender la guitarra. De alguna forma, trato de respirar con ella”. Eso es exactamente lo que transmite su sonido: sin ser etéreo, las notas parecen detenerse y espaciarse. Parecen tomárselo con tanta calma como el apacible Frisell.
P. ¿Cree que puede ser de alguna utilidad hablar sobre su música?
R. Sí, en cierto modo, las palabras pueden tender puentes, pero creo que es imposible describir con palabras lo que ocurre cuando uno toca. Es por eso por lo que toco. Siento que la música es mi auténtica voz.
P. Pero quizá no todo el mundo tenga tanta facilidad para llegar a su música como, por ejemplo, los afortunados asistentes a este taller…
R. Creo que, con escuchar, sencillamente, con una mente abierta, ya se da ese entendimiento. Sólo que hoy las cosas son sometidas a tal división, tal categorización… Se le pone límites a todo. Vas a una tienda de música y todo está compartimentado. Para mí la música es un espacio donde la gente puede reunirse, las músicas pueden coexistir, y no hay límites. No me gusta esa manía de dividirlo todo.
P. Su música entabla a menudo relación con las imágenes. Así, por ejemplo, en su último disco (Disfarmer, Nonesuch, 2009), inspirado en las fotografías de la América rural de Michael Disfarmer, o en el proyecto que viera nacer al 858 Quartet…
R. Me gustan estos proyectos, me inspiran. Normalmente, cuando compongo y toco, simplemente dejo fluir la música, pienso sólo en la música. Pero agradezco mucho que me encarguen proyectos así. Es un reto. En cierto sentido te limita, pero siempre me lleva a cosas en las que nunca había pensado, o me obliga a adaptar a la ocasión algo que andaba rumiando. Me hace crecer, me enriquece haciéndome salir de mi mundo propio. Pienso que ese irresistible instinto humano de dibujar, de pintar, es idéntico al que te hace tocar música. Es una necesidad inherente al ser humano. Si no hiciera música, probablemente me dedicaría a dibujar.
A.M.C., Bill Frisell, Joseph Thapa, Dan Kaplan y Ángel Gómez Aparicio
en la Fundación Barenboim-Said.
Es curioso. Frisell, que se desplaza con naturalidad del ruidismo asociado al proyecto Naked City de John Zorn al minimalismo de las producciones ECM, del bop al rock, que no reconoce fronteras en la música o que las supera en un feliz eclecticismo que no deviene en batiburrillo de géneros como en la más ramplona fusión… Frisell, tras esas escapadas que lo llevan “al lugar preciso donde la música quiera conducirme”, parece siempre regresar a casa: ese Mid-West de resonancias míticas donde se crió, que fue cantado por Woody Guthrie y es depositario de un corpus musical que es el corazón de eso que, de modo necesariamente impreciso, damos en llamar americana. Así lo atestiguan, por ejemplo, sus dos últimos, reposados y espléndidos discos, Disfarmer y History, Mystery (ambos editados por Nonesuch). Tan recomendables como el concierto de esta noche y la obra entera de este hombre tranquilo.
Este año hemos celebrado el décimo aniversario del ciclo Rising Stars, y cuando digo que lo “hemos celebrado”, en plural, no me refiero únicamente al clan discobólico: es porque el ciclo de jazz nacido en la Obra Social de Caja San Fernando, asumido y continuado más tarde por Cajasol, se ha granjeado, a lo largo de su primera década de existencia, un público numeroso y fiel que llena los conciertos, y cuyo alto nivel de exigencia se ve satisfecho las más de las veces por una programación exquisita, al día, que recoge lo mejorcito del panorama jazzístico internacional con algunas estupendas aportaciones del país. Cuál no habrá sido nuestra sorpresa cuando, al inicio de este nuevo curso, no llegaban a los muros de siempre los magníficos carteles del ciclo –obra de Manolo Cuervo–, y cuando, poco después, conocíamos la decisión –o indecisión– de Cajasol, que por el momento ha dejado en suspenso el celebrado festival de jazz (ver artículo Diario de Sevilla).
Los medios especializados han comenzado a hacerse eco de la triste noticia: así, por ejemplo, www.tomajazz.com o el blog de Salvador Catalán. Al parecer, otros ciclos musicales organizados por la entidad se reanudarán a comienzos de 2010, pero no hay certeza aún sobre lo que le espera al público de Rising Stars, aficionados de Cádiz, Jerez y Sevilla (ciudades que componen el circuito del ciclo jazzístico), pero también llegados de otros rincones de nuestra geografía. Rising Stars asumió desde sus comienzos una programación de altísima calidad, necesariamente variada pero siempre rigurosa en su atenta selección del mejor jazz de hoy, comprometida con las nuevas voces sin renunciar a los músicos consagrados: tecleen ustedes The Bad Plus, Lou Donaldson, Chris Potter, Mark Turner, Tim Berne, Jacky Terrason, Eldar Djangirov, Brad Shepik, Kurt Rosenwinkel… y verán de qué estamos hablando. Si uno no puede desplazarse a Nueva York seis o siete veces al año para tomarle el pulso a la vanguardia jazzística, sabe al menos que Rising Stars traerá hasta Andalucía lo más granado del talento que se concentra en la gran metrópoli del jazz… Así ha venido sucediendo los últimos diez años, y es deseable, por no decir exigible, que Cajasol mantenga su compromiso.
Sevilla ha visto desaparecer en los últimos tiempos varios festivales de música, paradójicamente cuando éstos ya se habían consolidado como indiscutibles referentes internacionales, auténticas instituciones: así el Festival Internacional de Jazz o el llorado Encuentro Internacional de Música Cinematográfica y Escénica. Pocos recordarán hoy las razones –o excusas– esgrimidas entonces, a la sombra de tan grandes pérdidas. Deberíamos aprender de dichos errores. Una institución cultural que se precie no puede ni debe permitirse tropiezos como ése: su cometido es afianzar, a medio y largo plazo, su oferta, a pesar de los vaivenes económicos, a lo largo del tiempo, contribuir a formar un público y no abandonarlo a la primera de cambio. Sólo así saldrá robustecida, sólo así –si me apuran– asegurará a la larga su supervivencia en esta tierra tan festiva como ingrata.
[Si desea participar en la recogida de firmas contra la desaparición del ciclo Rising Stars, tan sólo tiene que enviar su nombre, apellidos y DNI a la siguiente dirección: salvemosrisingstars@gmail.com. La lista será enviada a la institución junto al ruego de que se reanude el ciclo. Gracias]
La banda de jazz vocal O Sister! presenta Crazy People, su flamante debut discográfico, primer –y hasta ahora único– título del fulgurante catálogo discográfico de Revista Discóbolo. Será el próximo jueves, 8 de octubre, en la Sala Malandar de Sevilla, C/ Torneo, 43. A las 21:30 horas. Entrada: 6 euros. Mira lo que te perderás si no vas al concierto:
Sí, ya sé lo que piensan: ¿no podría la Macarena mecerse al son de estos fabulosos Brass Ecstasy, que marchan felices celebrando el 20 de enero (día en que finalizó el mandato de George W. Bush) o tocando un temita de Rufus Wainwright como si regresaran de enterrar a un amigo en Nueva Orleans? Ustedes dirán. A mí me parece que Douglas ha vuelto a bordarlo.