Y resulta inevitable recordar también a sus hermanos. Elvin (1927-2004):
Y Thad (1923-1986) dirigiendo la Thad Jones / Mel Lewis Big Band:
Fresh Sound Records reeditó no hace mucho un hermoso álbum de finales de los años 50 en que se reunían los hermanos Jones, de título Keepin’ Up With The Joneses. En la portada original podemos ver esta estampa familiar:
Fresh Sound rescataba esta más que recomendable producción en una de sus logradas reediciones dobles, Leonard Feather Presents the Mitchells and the Joneses. Y aún resuena como una gozosa declaración de intenciones ese Our Delight, grabado por Hank junto a su colega, el alegre superviviente James Moody.
Estos últimos días de lluvia, primeros y extraños días de primavera, nos hemos acordado tanto de él… Nada como escuchar North Star Deserter, por ejemplo, o alguna de esas últimas joyitas (escucha) que nos dejó Chesnutt, para acordarnos del amigo Vic.
En el número 2 de Discóbolo se publicó entonces (primavera de 2009) esta reseña, que a lo mejor el lector del pasquín recuerda:
Se han ido ochenta años de vida entregada al blues. Koko Taylor fallecía el pasado tres de junio como consecuencia de una hemorragia gastrointestinal derivada de una operación quirúrgica, la misma que hace un lustro intentó dominarla, pero sólo logró que reactivara sus conciertos y nuestra pasión por ella. ¡Ja, no sabía la enfermedad que Cora Walton, desde que nació en los extrarradios de Mississippi, supo imponerse a todos los contratiempos! Huérfana de un recolector de algodón desde los once años, en sus recientes veintes se trasladó a Chicago con el que sería su marido, Robert Pops Taylor… Allí hizo lo que muchos, trabajar todo el día para poder cantar por las noches y fines de semana; y logró lo que pocas, erigirse como artista en un mundo y género predominantemente de hombres. Fue ganándose la escena: en los cincuenta era la mujer que cantaba blues en Chicago; en los setenta fue pionera en actuar y encontrar trabajo en el North Side, la zona de blancos de la ciudad; casi cuarenta años más tarde, seguía siendo la reina del blues. Grabó para la Chess con el patrocinio del omnipresente Willie Dixon, cantó con los mejores: Muddy Watters, Junior Wells, Howlin’ Wolf, Little Walter, Magic Sam, etc. Sobrevivió a la Chess y fichó a mitad de los setenta por Alligator, de la que fue primera figura.
En 2007 dio un golpe de mando en la escena al presentar el que sería su último disco y casi lo mejor de su discografía, Old School, con una clara declaración de intenciones: podía haber sonado igualmente en los cincuenta, época dorada del Southside de Chicago, e igualmente ser un éxito en la actualidad.
Su último concierto fue el 9 de mayo en su Mississippi natal, en la ceremonia de la Blues Music Awards, donde se había erigido como mejor cantante de blues tradicional (como si le hiciese falta que le dijesen lo que ya todos sabían). En Europa se la disfrutó por última vez hace dos años en Bluescazorla. En la edición de este año, como homenaje, se proyectará en el Teatro de la Merced ese concierto, grabado por TVE. ¡Consíganlo! Podrán ver cómo se desquita, salta y nos incita a todos a movernos y disfrutar con sus pulmones llenos de fuego. Voz, aplomo, reinado, pasión y vida. Fuego.
Espero que por allá abajo, donde te gustaría estar, caldees aún más el fuego. Keep on movin’ and groovin’, Mrs. Taylor!
En 1962 la música cinematográfica sinfónica -que había reinado en las pantallas desde el sonoro- agonizaba por razones biológicas (Victor Young muere en 1956 y Erich W. Korngold en 1957, Franz Waxman se retira en 1962 y Max Steiner en 1964) y por razones estético-industriales (la moda de la banda sonora pop-jazz arrinconó a los sinfónicos, representándolo los despidos de Dimitri Tiomkin de Hatari! en 1962 y de Bernard Herrmann de Cortina rasgada en 1966, tras años de trabajar con Hawks y Hitchcock, siendo sustituidos por los pop Henry Mancini y John Addison). Triunfaba la banda sonora pop-jazz mientras Alex North (Espartaco, 1960), Elmer Bernstein (Los siete magníficos, 1960) o Jerry Goldsmith (Freud, 1962) aportaban otras formas de entender la composición sinfónica.
En este contexto David Lean, en plena posproducción de Lawrence de Arabia, rompía con el compositor Malcolm Arnold, con quien había trabajado en El puente sobre el río Kwai, y buscaba frenéticamente un músico que aunara prestigio, comprensión del insólito carácter de superproducción intimista y de autor que singularizaría a esta obra maestra y ductilidad para adaptarse al revolucionario uso dramático que pensaba hacer del sonido estereofónico, fundiendo elementos analógicos (ruidos) y musicales. Tras una intensa búsqueda, en la que incluso contactó con el prestigioso Aram Khatchaturian, eligió a un joven compositor francés de prestigiosa trayectoria en el teatro y experiencia cinematográfica limitada a su país. Era Maurice Jarre.
Nacido en 1924 y formado en el Conservatorio de París, Jarre hizo sus primeras composiciones para el teatro, trabajando con los prestigiosos Jean Louis Barrault en el Theatre Marigny y con Jean Vilar en el revolucionario Theatre National Populaire (TNP) que fue el alma del festival de Avignon. En el cine -ignorando la naciente Nueva Ola, salvo algunos cortometrajes con Resnais y Demy- había trabajado sobre todo con Georges Franju en Hotel des invalides (1952), La tete contre les murs (1958), Les yeux sans visage (1960), Plein feux sur l’assassin (1961) y Therèse Desqueyroux (1962), a la que uniría posteriormente Judex (1964) formando un excepcional sexteto. Lean dio un salto en el vacío al escogerlo para su superproducción más personal y ambiciosa. Y Jarre le correspondió al aceptar un trabajo tan descomunal con poco tiempo para componerlo. Pero ambos triunfaron: Lawrence de Arabia, además de inmortalizarlos, inició una relación que produjo frutos tan extraordinarios como Doctor Zhivago (1965), La hija de Ryan (1970) y Pasaje a la India (1984).
Tras este éxito, que le valió su primer Oscar, Jarre se estableció en Hollywood, trabajando para los más grandes: Wyler (El coleccionista, 1964), Frankenheimer (Grand Prix, 1966; El hombre de Kiev, 1968), Litvak (La noche de los generales, 1967), Brooks (Los profesionales, 1967), Hitchcock (Topaz, 1969), Stevens (El único juego en la ciudad, 1970), Huston (El hombre de Mackintosh, 1969; El juez de la horca, 1972; El hombre que pudo reinar, 1975), Kazan (El último magnate, 1977), Eastwood (Firefox, 1982), Mazursky (Enemigos, una historia de amor, 1991), Weir (El año que vivimos peligrosamente, 1983; Único testigo, 1985; La Costa de los Mosquitos, 1986; El club de los poetas muertos, 1988) o Apted (Gorilas en la niebla, 1988).
Volvió poco por Europa, pero en cada ocasión compuso una obra maestra: ¿Arde París? (Clement, 1966), Isadora (Reisz, 1968), Jesús de Nazareth (Zeffirelli, 1977) o El tambor de hojalata (1979) y El falsificador (1982) de Schlöndorff. Junto a Ennio Morricone, Michel Legrand, Georges Delerue y John Barry, formó el quinteto de oro de la nueva música cinematográfica europea de los años 60 y 70. Visitó Sevilla en 1989 para dirigir su música en los desaparecidos Encuentros Internacionales de Música de Cine. ¿Su contribución? Un estilo musical personalísimo. Un instinto natural para el efecto espectacular y la música dramática. Una capacidad innata para decir en música las más íntimas emociones de los personajes. Imagínense el desierto interior y exterior de Lawrence sin su música, a Lara sin su tema, la liberación de París sin su vals o a Connery y Caine queriendo ser reyes sin sus burlones aires marciales. Por ello fue nominado nueve veces al Oscar, ganándolo tres; once veces al Globo de Oro, ganándolo cuatro; cinco veces a los Grammy, ganándolo uno; y obtuvo por toda su carrera el premio de la Academia Europea de Cine y el Oso de Oro del Festival de Berlín.
Carlos Colón
[Artículo publicado originalmente en Diario de Sevilla, 31/03/09]
El sábado 7 de febrero fallecía en su apartamento de Greenwich Village, Nueva York, Blossom Dearie, acaso la última de aquellas talentosas lolitas jazzísticas, dulces luminarias de cabaret, que desde Rose Murphy venían confundiéndonos con su ambiguo encanto a lo Betty Boop: voz aniñada y traviesa en un cuerpo de mujer. Mucho se ha hablado estos días de su vocecita, pero poco se ha dicho sobre la excepcional pianista, que abordó espléndidamente el repertorio del musical americano (Porter, Kern, Mercer, Gershwin, Arlen) y su propio cancionero con un sentido de la distinción y la elegancia exclusivo de una época y un mundo en el que un actor de cine podía llegar a ser una estrella. Entre los años 50 y 60 grabaría álbumes muy recomendables, sobre todo los producidos por Norman Granz para Verve: Once Upon A Summertime, por ejemplo, o Give Him the Ooh-La-La… Dicen que murió mientras dormía, y uno imagina que entre dulces sueños.