Entradas con la etiqueta ‘DAN KAPLAN’

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Miércoles, 14 de Abril de 2010

Portada

Tras unas necesarias vacaciones en las que hemos reorganizado la revista y parte de nuestras vidas también, vuelve Discóbolo a las andadas y vuelven Dan Kaplan and Krooked Tree a nuestros escenarios. ¿Pero es que se habían ido? Se fueron a grabar al estudio de Paco Loco, en el Puerto de Santa María, y regresan ahora para mostrar cómo aborda el folk-rock esta banda sevillana (de Woodstock, NY), con un espléndido disco bajo el brazo, A Good Day For Living (Bujío, 2010), que hará las delicias de los amantes de Woody Guthrie, Pete Seeger, Dylan, Neil Young, Bonnie “Prince” Billy… Para referirnos a Dan Kaplan sería más apropiado hablar de songwriter antes que de “cantautor” (pues el término en español sugiere la figura de un cantante ramplón, edulcorado y somnífero como una tableta de trankimazín). Dan Kaplan no es, pues, un cantautor: es un songwriter como la copa de un pino, aunque sea torcido. Los de Krooked Tree (Jerome Ireland, Carlos López, Eduardo Camacho, Juanmi Martín, Cayo Antonio) son a Kaplan lo que los Crazy Horse a Neil Young, aunque se lo toman con más calma. Se crecen en la balada, algo impensable en este país donde cantar baladas y lloriquear (ay, otra vez los cantautores) suelen por desgracia resultar sinónimos. Para oír canciones de verdad, para oír a la América que amamos basta con viajar a Woodstock o ir el próximo sábado 17 de abril a la Sala Malandar (c/ Torneo, 43, Sevilla), donde Dan Kaplan y Krooked Tree presentarán su primer disco. Será a las 22:00 h., por sólo 5 euros (pueden entrar niños como el que trepa al árbol en la portada del disco, su entrada es gratuita y pueden permanecer allí hasta medianoche).

La Cosa Discobólica

Bill Frisell: El hombre tranquilo vuelve a casa

Miércoles, 4 de Noviembre de 2009

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La Fundación Barenboim-Said acogió en su sede el taller o workshop impartido por el guitarrista Bill Frisell, que esta noche (miércoles 4 de noviembre, 21 horas, 14 euros) ofrece un concierto en el Teatro Central de Sevilla con su banda 858 Quartet, nacida en su día para “musicar” unas pinturas de Gerhard Richter y emancipada más tarde de aquel primer objetivo, por la sencilla y determinante razón de que Frisell y sus amigos disfrutaban de lo lindo tocando juntos. En una de las aulas de la fundación, nos recibía a Dan Kaplan (líder del grupo Krooked Tree) y a quien firma estas líneas. Al concluir el workshop, vimos salir a los participantes, entusiasmados, y entre ellos al guitarrista Matías Comino (O Sister!), que nos decía: “Es increíble, como si tocara el piano con la guitarra”. Esa afirmación da idea de la complejidad armónica del de Colorado, así como de su sonoridad. El crítico Joachim Berendt aseguraba que los años de clarinete –instrumento con el que Frisell diera sus primeros pasos– habían marcado su estilo, su peculiar sonido. Le preguntamos a Frisell si está de acuerdo. “Sí, claro. Empecé a estudiar seriamente con ese instrumento y, aunque hace tiempo que no lo toco, creo que influyó en la digitación y en mi forma de entender la guitarra. De alguna forma, trato de respirar con ella”. Eso es exactamente lo que transmite su sonido: sin ser etéreo, las notas parecen detenerse y espaciarse. Parecen tomárselo con tanta calma como el apacible Frisell.

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P. ¿Cree que puede ser de alguna utilidad hablar sobre su música?
R. Sí, en cierto modo, las palabras pueden tender puentes, pero creo que es imposible describir con palabras lo que ocurre cuando uno toca. Es por eso por lo que toco. Siento que la música es mi auténtica voz.
P. Pero quizá no todo el mundo tenga tanta facilidad para llegar a su música como, por ejemplo, los afortunados asistentes a este taller…
R. Creo que, con escuchar, sencillamente, con una mente abierta, ya se da ese entendimiento. Sólo que hoy las cosas son sometidas a tal división, tal categorización… Se le pone límites a todo. Vas a una tienda de música y todo está compartimentado. Para mí la música es un espacio donde la gente puede reunirse, las músicas pueden coexistir, y no hay límites. No me gusta esa manía de dividirlo todo.
P. Su música entabla a menudo relación con las imágenes. Así, por ejemplo, en su último disco (Disfarmer, Nonesuch, 2009), inspirado en las fotografías de la América rural de Michael Disfarmer, o en el proyecto que viera nacer al 858 Quartet…
R. Me gustan estos proyectos, me inspiran. Normalmente, cuando compongo y toco, simplemente dejo fluir la música, pienso sólo en la música. Pero agradezco mucho que me encarguen proyectos así. Es un reto. En cierto sentido te limita, pero siempre me lleva a cosas en las que nunca había pensado, o me obliga a adaptar a la ocasión algo que andaba rumiando. Me hace crecer, me enriquece haciéndome salir de mi mundo propio. Pienso que ese irresistible instinto humano de dibujar, de pintar, es idéntico al que te hace tocar música. Es una necesidad inherente al ser humano. Si no hiciera música, probablemente me dedicaría a dibujar.

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A.M.C., Bill Frisell, Joseph Thapa, Dan Kaplan y Ángel Gómez Aparicio
en la Fundación Barenboim-Said.

Es curioso. Frisell, que se desplaza con naturalidad del ruidismo asociado al proyecto Naked City de John Zorn al minimalismo de las producciones ECM, del bop al rock, que no reconoce fronteras en la música o que las supera en un feliz eclecticismo que no deviene en batiburrillo de géneros como en la más ramplona fusión… Frisell, tras esas escapadas que lo llevan “al lugar preciso donde la música quiera conducirme”, parece siempre regresar a casa: ese Mid-West de resonancias míticas donde se crió, que fue cantado por Woody Guthrie y es depositario de un corpus musical que es el corazón de eso que, de modo necesariamente impreciso, damos en llamar americana. Así lo atestiguan, por ejemplo, sus dos últimos, reposados y espléndidos discos, Disfarmer y History, Mystery (ambos editados por Nonesuch). Tan recomendables como el concierto de esta noche y la obra entera de este hombre tranquilo.

Alberto Marina Castillo

Dan Kaplan y sus Krooked Tree animaron la segunda gran noche discobólica

Lunes, 27 de Abril de 2009

El domingo 26 de abril, los amigos de La Carbonería acogieron amablemente la segunda fiesta discobólica. Celebramos la aparición del número 2 de nuestro (ahora ya VUESTRO) pasquín musical gratuito, desplegable y trimestral.

A la fiesta acudieron artistas, músicos y toda suerte de amigos discobólicos: en la foto, Manolo Cuervo (autor de la imagen de portada) abraza la revista, flanqueado por Anabel Enrique, Javier Buzón y Curro González (gran dylaniano a quien, no obstante, sorprende la instantánea mientras canta “What’d I say”, de Ray Charles).

Y lo hicimos por todo lo grande, gracias a la soberbia actuación de KROOKED TREE, el magnífico grupo de Dan Kaplan, que comenzó la actuación haciéndonos cantar a todos “This land is your land”, el clásico de Guthrie, sirviéndose de esos cartelones que ya empleara Pete Seeger y que luego inmortalizaría Dylan en ese primer gran vídeo musical que es “Subterranean Homesick Blues” (filmado por D.A. Pennebaker):

El público, entregado, cantaba:

This land is your land, this land is my land,
From California to the New York Island…


From the redwood forest to the gulfstrem waters,
This land is made for you and me…

“Es una alegría –decía Kaplan– que, gracias a las nuevas circunstancias políticas en mi país, pueda al fin cantar una canción patriótica como ésta sin sentirme avergonzado”. Esas circunstancias políticas –y su relación con la música– son las que propiciaron el monográfico que, en este número 2, dedicamos a la “Música para la vieja nueva América”, y la colaboración de Krooked Tree no podía ser más oportuna: su repertorio, en el que se entrelazan con naturalidad versiones de los grandes (de Guthrie a Dylan) y composiciones propias a la altura de esa tradición, da fe de la vigencia de un espíritu (aquél que floreció a finales de los 60) y de un país (a medias real y a medias soñado) que a menudo se nos oculta: la Norteamérica que amamos.

El público acompañó emocionado a Dan (voz, guitarra, harmónica), Carlos (guitarras, voz), Juanmi (bajo), Cayo (batería) y su bellísima música, excepcional no sólo por lo que de insólito tiene asomarse a los bosques de Woodstock sin salir de Sevilla, sino por la valía de un acercamiento a la música tradicional americana que, sin caer en la mera réplica ni rendirse bajo el peso de ese enorme legado, nos remonta al origen mismo, a la raíz. Arriman su voz y sus composiciones propias a ese fuego que desde hace siglos alumbra y da calor en el corazón del bosque, allá por los Catskills o los Apalaches, y son bien recibidos, se hacen un hueco entre esa multitud que en torno al fuego canta: This land is your land, this land is my land

¡Gracias a todos!

P.S.: llevamos dos números y dos fiestas. Hasta ahora hemos cumplido nuestra promesa en lo que a eso respecta. En cuanto a Crazy People, el esperado disco de los sensacionales O SISTER!, no hemos podido presentarlo aún junto al segundo número de la revista, como teníamos previsto, pero sí lo haremos con el número 3, que ya se ve venir. Gracias por vuestra paciencia. Os garantizamos que la espera valdrá la pena.

Texto: La Cosa Discobólica

Fotografías: José Salas

La irresistible sonrisa de O Sister!

Sábado, 20 de Diciembre de 2008

Foto: Manuel Ramos

Acudimos a nuestra cita con O Sister! sin sospechar siquiera que la calle de Triana donde se esconde su local de ensayo queda más cerca del Mississippi que del río Guadalquivir. Por algo nuestro amigo el músico Dan Kaplan, natural de Brooklyn, no podía creer, cuando escuchó su maqueta, que Paula, Helena, Marcos y Matías no provinieran de la vieja y fecunda Nueva Orleans, la tierra que viera nacer el jazz y a las Boswell Sisters, a quienes este grupo de chispeante swing homenajea. Matías, guitarrista, es argentino y el resto de las “hermanas” –bromean, Marcos bien flanqueado por ellas– son sevillanas. Y también son de hoy, como usted o como yo, por más que su swing arrebatador nos transporte a los años 30.

Un dato curioso: fueron invitados a la primera edición de Sevilla Indiferente, entre grupos de rock indie y pop de la escena hispalense. Lejos de extrañarse, Paula lo explica bien: “Nos ilusiona aparecer entre grupos de pop, como uno más, porque de eso se trata, de recuperar un momento en que el jazz no era minoritario ni elitista, sino una música tremendamente popular que llenaba salones de baile y sonaba en la radio a todas horas”… Lo que nos trae O Sister! no es un mero revival, una resurrección o chapucero exorcismo, pues la materia con la que trabajan –desde ese “Begin the Beguine” de Cole Porter con que dan comienzo a sus conciertos a la “Lullaby of Broadway” con que se despiden- no está precisamente muerta. Además, en sus gargantas las canciones antaño popularizadas por las fundacionales Boswell Sisters suenan frescas, suenan ahora sin perder ni un ápice de lo que fueron.

Nada hay de impostado en su propuesta, que nace del amor declarado a una música, la que destiló la Edad de Oro del Swing, el tan denostado jazz sonriente de los años 30 –Norteamérica precisaba entonces, no lo olvidemos nunca, de una sonrisa, una razón, aunque fuese espuria o efímera como un disco de 7 pulgadas, para sonreír, y Artie Shaw, Benny Goodman o auténticos hombres-sonrisa como Armstrong o Earl Hines propiciaron ese estado de ánimo, proporcionaron a todos la esperanza de que uno podía bailar y saltar como Fred Astaire sin despeinarse de un rascacielos a otro, cambiar el mundo con sólo proponérselo, como si de una película de Frank Capra se tratase…

O Sister! es además un proyecto certero, pues logra contagiar dicha pasión, consigue trasladarnos al origen, y por eso la pajarita de Marcos y su sombrero de paja, la indumentaria negra de Matías –que prefiere el segundo plano del acompañante, cosa que su brillante guitarra suele impedir–, los peinados de época de Helena y Paula, su belleza antigua, son un complemento idóneo, pero nunca –como en tantos proyectos en que se impone la imagen, el disfraz hueco– al revés. No tratan de rescatar el pasado a fuerza de gesticulación, no lo necesitan: deslumbran a su variopinto auditorio –la afición jazzística, el público popero, lo mismo da– con una técnica apabullante, un dominio absoluto de las complicadas armonías vocales, un fino sentido del humor y la firme convicción con que cantan, la convicción de quienes no dan por clausurado un repertorio casi centenario y el espíritu que lo anima… Si ellos demuestran que la música que interpretan sigue viva y coleando, el entusiasmo del público revela que dicho legado sigue estando vigente. Marcos encontró unos zapatos blancos que, “de tan modernos”, dice, “parecen antiguos”.

“Estamos evolucionando”, señala Helena, “hemos comenzado copiando, versionando, pero quién sabe lo que vendrá después: a lo mejor introducimos electrónica o claqué”. El entusiasmo se contagia, Marcos apunta la posibilidad de tocar con una big band y Paula, que entre otras cosas era la voz cantante de Solina, habla de temas en español: “las canciones que cantamos son dignas de entenderse”. Estalla la risa cuando deciden que lo mejor sería subtitularse… Muchas ideas, algunas realmente rompedoras (¿ragtime + electrónica?), propias de espíritus inquietos que reparten su desprejuiciado talento en proyectos variopintos, de la música antigua al pop, de la música vocal contemporánea (Proyecto Ele) al jazz, el folk… ¿Pero no hay ya en su homenaje a las Boswell Sisters –enormes predecesoras injustamente relegadas al olvido de las más famosas Andrew Sisters o de la todopoderosa Ella Fitzgerald– el germen de una ruptura? ¿No hay riesgo acaso y aventura en su apuesta por un jazz accesible que intenta salvar esa distancia que desde hace décadas no ha hecho sino ensancharse entre el público y el músico de jazz? ¿Cuántas veces no habremos oído eso de “creo que me gusta, pero es que yo no entiendo de jazz”? O Sister! pertenecen a esa rara estirpe de músicos que se permite disfrutar con lo que hacen y comparten con nosotros esa dicha. Aprendieron la lección de aquel clásico de Duke Ellington –que tan bien saben entonar, por otra parte–: It don’t mean a thing (If it ain’t got that swing), es decir, “no vale un pimiento, si no tiene swing”.

A la lista que prepara Isaac Davis, el protagonista de Manhattan, en la última escena de la película, y que incluye algunas de las cosas por las que merece la pena vivir –Groucho Marx, “Potato Head Blues” de Louis Armstrong, las manzanas de Cézanne– añadiríamos nosotros sin pensarlo dos veces la música radiante de esta crazy people, su maravillosa locura.

Alberto Marina Castillo